
Mientras algunos ven estadísticas, porcentajes y balances, en Monagas hay miles de familias que ven cómo se apaga algo mucho más valioso: la esperanza.
Cada apagón no solo deja un comercio a oscuras. También deja a un padre de familia preguntándose cómo pagará el alquiler del local, a una madre comerciante calculando cuánto perdió en mercancía, y a trabajadores que viven con el temor permanente de quedarse sin empleo.
El pequeño empresario, el emprendedor y el vendedor de toda la vida se han convertido en las principales víctimas de una crisis que parece no tener fin. Son hombres y mujeres que se levantan antes del amanecer, pagan impuestos, generan empleo y luchan por mantener abiertas las santamarías de sus negocios, solo para encontrarse con horas de oscuridad, calor insoportable y clientes que se marchan porque simplemente no hay cómo cobrarles.
Resulta doloroso escuchar que se exija a los comerciantes comprar plantas eléctricas cuando muchos apenas logran sobrevivir. ¿Cómo puede pedirse más sacrificios a quienes ya cargan sobre sus hombros el peso de mantener viva la economía local?
En Monagas hay hoteles que no pueden recibir turistas, restaurantes que pierden alimentos, tiendas que ven desplomarse sus ventas y trabajadores que observan con angustia cómo el esfuerzo de años se desvanece en cuestión de horas.
Pero los más golpeados siguen siendo los más humildes. Son ellos quienes no tienen recursos para adquirir una planta eléctrica, quienes deben soportar temperaturas sofocantes en sus hogares y quienes ven interrumpidas sus actividades diarias por una crisis que afecta todos los aspectos de la vida.
La electricidad no es un privilegio. Es un derecho esencial para estudiar, trabajar, producir y vivir con dignidad.
Los ciudadanos no piden milagros. Piden planificación, soluciones reales y respeto. Piden que se escuche la voz de quienes sostienen con sacrificio la economía de la región. Piden que la oscuridad deje de ser parte de la rutina.
Porque un pueblo que trabaja merece algo más que sobrevivir entre apagones.
Merece vivir con dignidad y con la esperanza encendida.
