
Hay ciudades que crecen con el esfuerzo de su gente y hay ciudades que sobreviven gracias a la resignación de sus habitantes. Lamentablemente, cada día son más los maturineses que sienten que viven en la segunda.
Mientras las autoridades anuncian operativos de fiscalización, cobran impuestos y exigen a comerciantes y contribuyentes estar al día con sus obligaciones, basta recorrer las comunidades más humildes de Maturín para encontrarse con una realidad muy distinta a la que muestran los discursos oficiales.
Sectores enteros pasan meses sin una gota de agua potable. Familias que dependen de la lluvia para llenar tobos y poder cocinar, bañarse o limpiar sus hogares. Comunidades donde las calles se han convertido en caminos de tierra, maleza y barro. Vecinos que conviven diariamente con aguas negras, olores insoportables, basura acumulada y plagas que amenazan la salud de niños y ancianos.
La situación se vuelve aún más difícil cuando se suman las constantes fallas eléctricas. Apagones, fluctuaciones y cortes que afectan la conservación de alimentos, dañan electrodomésticos y aumentan la sensación de abandono que sienten miles de familias.
Lo más doloroso es que estas realidades ya no son excepciones. Se han convertido en parte de la cotidianidad de muchos sectores populares de la capital monaguense.
Desde el punto de vista psicológico, el deterioro constante de los servicios públicos genera algo más profundo que incomodidad: produce desesperanza. Cuando una persona siente que sus problemas nunca son escuchados y que sus necesidades básicas son ignoradas durante años, comienza a perder la confianza en las instituciones y en la posibilidad de un futuro mejor.
La desesperanza colectiva es quizás una de las formas más silenciosas de deterioro social. Porque cuando una comunidad deja de creer que las cosas pueden cambiar, deja de exigir, deja de participar y termina normalizando aquello que jamás debería ser normal.
Por eso resulta inevitable que muchos ciudadanos se pregunten: ¿Dónde está el resultado de los impuestos que pagan? ¿Dónde se refleja el dinero que sale de los bolsillos de comerciantes, emprendedores y trabajadores?
La gente no pide lujos. No pide obras monumentales. No pide promesas grandiosas.
La gente pide agua.
Pide calles transitables.
Pide recolección eficiente de basura.
Pide drenajes que funcionen.
Pide alumbrado público.
Pide seguridad.
Pide servicios básicos dignos.
En definitiva, pide que los recursos públicos regresen convertidos en bienestar colectivo y no en una burocracia cada vez más costosa y alejada de las necesidades reales de la población.
Una ciudad no se mide por la cantidad de impuestos que recauda ni por el tamaño de su aparato político. Una ciudad se mide por la calidad de vida de sus habitantes, especialmente de aquellos que viven en los sectores más vulnerables.
Maturín merece más que sobrevivir.
Maturín merece avanzar.
Y para lograrlo, la voz de las comunidades olvidadas debe dejar de ser ignorada y convertirse en la principal prioridad de quienes tienen la responsabilidad de gobernar.
